
Rulfo andaba dando vueltas por el vecindario, era una tarde serena y agradable. Al pasar por casa de su amigo tomó la esquina y se dirigió a hacerle una visita. Al llegar al portal llamó al timbre un par de veces y se quedó un rato esperando. No contestaba. En ese momento un vecino le preguntó si estaba tratando de utilizar el timbre. Al contestarle que sí el vecino le advirtió que últimamente no funcionaban bien. Al escucharles entró en la conversación un tercer vecino, un tanto enfurecidó les habló de que él mismo había tratado de hablar con el presidente de la comunidad sobre el tema, y de que los timbres necesitaban ser arreglados urgentemente. Ante el enojo de aquel vecino, Rulfo trató de apaciguarlo, pero aquel hombre era de esos que se enfurece más cuando alguien trata de calmarlo.
-Cabrón de presidente, venga a subir las cuotas y los timbres en este estado...
-Bueno, eso suele pasar, no es culpa de nadie-le contenía Rulfo- las cosas se deterioran...
-¡Qué no es culpa de nadie!...
No tardaron en pasar por allí un par de vacinas más , perrito incluido. Rápidamente se sumaron a la protesta e indignación, mientras el perrito empezaba a ladrar y hacer atisbos de morder al bueno de Rulfo. Para su alivio por fin pasó por allí su amigo que también paseaba tranquilo. Mientras le saludaba a lo lejos trataba de apaciguar a los vecinos.
-Tranquilos...que no había nadie en casa...que no había nadie,,,,- Pero no lo escuchaban.
Ambos amigos se marcharon a tomar un chato de vino. Detrás ya un par de chiquillos tiraba piedras a la ventana del presidente.

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