jueves, 4 de febrero de 2010

La fiesta


Llegó un poco tarde a la fiesta de su amiga. Llegaba como sin ganas, un poco aturdido por alguna noticia no del todo buena y se alegró de verla. Había bastante gente, algunos desconocidos para él. Se acercó y le dijo al oido:

-Parece que aquí sobra algo de gente.

Ella se sonrió y cogiéndole del brazo le contestó

-Aquí no sobra nadie, aquí faltabas tú, lo que me tengas que contar lo haces mañana.

Y se pusieron a bailar.

Siempre se puede


Era un lunes como otro cualquiera, camino del trabajo, y en el autobús los bostezos de siempre. De fondo la radio del conductor con las noticias matinales confundiéndose con el ruido del motor. Abrió el libro por la página de la noche anterior y se puso a leer casi entre legañas, apenas acababa de soltar las sábanas y tomar el café rápido. Casi sin querer escuchó la conversación de las dos muchachas sentadas justo a su lado. La amargura y la tristeza de las palabras de una de ellas era lo que le había hecho arrimar el oído. No acertaba a adivinar bien de qué se trataba, pero pensó que cualquier tristeza es igual a las demás.
Llegó el momento de bajarse en la parada acostumbrada, sin saber muy bien porqué sintió la necesidad de hacer algo al pasar junto a aquella muchacha. De camino a la puerta del autobús la miró de frente asegurándose bien de que la muchacha lo atendía, la guiñó un ojo, y con el tono más cálido que encontró la susurró..."siempre se puede". Por la ventana, una vez abajo, pudo comprobar la sonrisa de la muchacha mientras se alejaba, y en sus labios repitiendo la frase que acababa de decir.